ACCIÓN-CRÍTICA: Adiós a la forma, adiós al concepto.

 

Patricio De Stefani C.

 

 

Mucho hemos escuchado o leído sobre la negación y el cuestionamiento al protagonismo del objeto arquitectónico, lo aformal, lo informe, lo indeterminado, etc., pero independiente de nuestras creencias personales, ¿de dónde se origina esta actitud tan común en el actual pensamiento arquitectónico? ¿cuál es el posicionamiento político o ideología subyacente detrás de esta idea?

 

Si de orígenes se trata nos tendríamos que remontar a los primeros intentos de desmaterialización en la historia de la representación, y éstos los encontramos en el arte de lo divino. Hay que pensar que la noción de lo divino comienza a gestarse en el arte primitivo con la magia como primera forma de religión, magia como invocación de fuerzas inmateriales que finalmente manifestaban su presencia a través del ritual corporal y objetos “sin forma” y “misteriosos” para el hombre primitivo, como el agua, el fuego, el cielo, etc. Mas tarde los griegos contrastaron esta idea por su fijación en la perfección del objeto artístico y los romanos con su formalismo decorativo e institucional, pero no fue hasta la llegada del paleocristiano y el arte medieval cuando se recupero ese gusto por lo inmaterial, se intento representar lo divino y el espíritu, en el arte, con materiales como el oro (especialmente en los mosaicos) y en la arquitectura por medio de la luz como elemento sin forma, desmaterializador, eterno y espiritual.

 

Así vemos como la noción de desmaterialización o negación de la forma no es tan nueva como pensamos, el caso es que la arquitectura casi siempre lo ha entendido de una forma demasiado literal y poco reflexiva, ni hablar de un largo periodo dominado por el formalismo arquitectónico de las tipologías (barroco, rococó, neogótico, neoclásico, eclecticismo historicista) que comenzaría su larga agonía con la llegada de la revolución industrial. En el movimiento moderno los arquitectos tuvieron una nueva oportunidad de “desmaterializar” sus edificios con la glassarchitektur y la separación definitiva entre envolvente y estructura, pero por muy transparente que fuera su arquitectura su noción de desaparición o de indeterminación de los límites no sobrepasaba la concebida en el arte paleocristiano, ya que no supera aquel sistema de significación basado en la representación simbólica, es decir, la transparencia simboliza la desaparición de los límites, pero en estricto sentido el límite sigue estando allí, la única diferencia es que no se ve.

 

En el aspecto físico de la materia nunca existirá una arquitectura “sin forma” y a mi parecer es ridículo buscar lo aformal en una apariencia, es decir, que sacamos con buscar una arquitectura que “parezca” desaparecer, o que “parezca” que no tiene una forma definida, caemos inmediatamente en un problema de apariencias y expresionismo, hay que aceptar de una vez por todas que por mucho que hablemos de indeterminación, desaparición, mutación, bla, bla, bla, aunque no lo queramos la arquitectura siempre será permanencia, estabilidad y estaticidad.

El ready-made

 

 

En el mundo del arte los esfuerzos por eliminar la forma se han mostrado con potencia desde comienzos del siglo XX con la llegada de las vanguardias, especialmente los cubistas y los dadaístas, pero el problema era (al igual que en la arquitectura) que por mucho que las vanguardias hablaran de la cuarta dimensión, del tiempo, el espacio o el movimiento no se podían escapar del hecho o de la paradoja de que estaban creando un nuevo objeto, una nueva forma, un nuevo lenguaje de representación. Esta es la mayor paradoja: como vas a negar el objeto si tienes que crearlo, si tiene que salir de tu mente.

 

El desquiciamiento mental de Marcel Duchamp nos permitió por primera vez entender el arte ya no como la contemplación de un objeto bello, estético, nacido en la academia de bellas artes, en busca de la perfección, de la verdad. En 1917 Duchamp puso en evidencia una noción de arte que venía rondando en el pensamiento hace bastante tiempo: arte es todo lo que tenga la capacidad de emocionarte a nivel intelectual, sensible y moral por medio de la duda, de la pregunta sin respuesta, lo incomprensible, lo desconocido…, por lo tanto el objeto o la creación  artística es sólo la evidencia, la expresión de la experiencia estética del sujeto. Para Duchamp la existencia de unas leyes, tanto técnicas como conceptuales para el arte, eran irrelevantes. “I wanted to deny the posibility of defining art” fueron las palabras que utilizó para explicar su actitud en la exposición de la Sociedad de Artistas Independientes de Nueva York. En ese entonces Duchamp era socio-fundador y jurado de la exposición, por lo tanto no podía participar, así que se inventó el nombre de Richard Mutt, tomó un urinario de la basura, de un baño o quien sabe de donde  y lo envió por correo a la exposición sin pagar los 6 dólares de inscripción, así y todo el urinario llegó a ser expuesto. Los miembros del jurado y colegas de Duchamp se escandalizaron y descalificaron a “Richard Mutt“ sin pensarlo (obviamente Duchamp estaba presente cagandose de la risa silenciosamente, jaja) , quizás ahora tal acción no tendría mayor trascendencia, pero para la época fue el mayor insulto que se podían imaginar toda la elite de artistas de la vanguardia.

 

Ahora, y sin alejarnos del tema de la forma, el ready-made se nos presenta como 2 formas posibles de hacer arte: como un nuevo sistema de significación, si se quiere un nuevo lenguaje que en sí mismo encierra la contradicción de que no es un objeto o una forma “nueva”, el artista no ideó la forma, lo único que hizo fue cambiarle el contexto. Y la otra sería la ACCIÓN-CRÍTICA como un procedimiento en el cual el arte se manifiesta en la acción y no en el objeto, en la acción de burlarse de todo el jurado de una exposición (Duchamp), la acción de salpicar pintura mientras se baila sobre el lienzo (Pollock) o la acción de perforar geométricamente los edificios o partir una casa en dos (Matta-Clark).

 

Desde Duchamp el ready-made ha tomado diversos caminos, como puede ser el arte conceptual y el pop art, los que utilizan procedimientos derivados de las distintas formas de ver  el ready-made, y me interesan principalmente aquellos que se centran en la acción-crítica como negación absoluta del objeto, entre estas tenemos los happenings, las performances, la deriva y otras mas radicales enmarcadas en el terreno del vandalismo (como, por ejemplo, romper las láminas de análisis del lugar frente a la comisión del proyecto de título, jajaja).

 

Actualmente nos damos cuenta que el ready-made (a causa de su masificación) se ha convertido en una caricatura de sí mismo, ya que ha perdido su esencia: la crítica a la academia. Por lo tanto solo constituye un sistema de significación mas y, en casos extremos, lamentablemente ha caído en un formalismo comunicativo con una justificación conceptual, como ese capítulo de los simpsons en que homero se convertía en artista conceptual con una parrilla armable que le salió mal. 

 

Es evidente que Marcel Duchamp mas que buscar una nueva manera de hacer arte o un nuevo lenguaje, buscaba empujar esa saturada disciplina mas allá de sus límites y esto sólo era posible desde la autocrítica: el arte es comunicación, pero eso no quiere decir, que en el mismo, el objeto protagonice la función comunicativa, el objeto no es arte, el objeto solo es la materialización de un proceso mental, una resultante, por lo tanto, ¿por qué tiene que ser bello o agradable a la vista? ¿Por qué no puede ser un urinario común y corriente? ¿Por qué no puede ser un  peladero? O es que siempre tiene que ser una pintura ejecutada con una perfección técnica extrema o un edificio hecho con unos materiales cachañeros con todo el estilo de la pseudovanguardia arquitectónica actual. ¿Hay que dibujar bien para ser pintor? ¿Hay que proyectar bien para ser arquitecto?

 

 

La acción-crítica

 

 

La crítica radical surge en la escuela de Frankfort después de la segunda guerra mundial  como respuesta ante la crisis de la modernidad anunciada por los nihilistas y como forma de alejarse de la justificación discursiva y demagógica tipo manifiesto de las vanguardias (o de la arquitectura moderna y posmoderna). “La única posibilidad para la inteligencia es la función crítica. Ningún intento de proposición de nuevos programas. Ningún espacio para definir el futuro. Ninguna posibilidad para la utopía.”[1] Es evidente la herencia duchampiana pesimista, amarga y sarcástica en la propuesta radical. Sarcasmo como ironía mordaz, amarga, pesimista. Ironía como un modo de expresarse en el que mediante la modificación de una cosa o acción se da a entender algo distinto de lo que se dice, en fin, en la comunicación verbal, sería un ready-made de la palabra. Es una burla ingeniosa, disimulada, sutil, pero al mismo tiempo hiriente, penetrante, incisiva.

 

La crítica irónica nada tiene que ver con aquellos intentos de crítica directa, clara y abierta como por ejemplo las críticas reaccionarias de posmodernos, comunistas, socialistas utópicos, políticos, conservadores, religiosos, pacifistas o ecologistas. La ironía crítica no es revolución, no es contestataria porque no está comprometida con ningún valor mas que sí misma.

 

Retomemos el caso del urinario. Lo importante e ingenioso en esta obra es que el urinario como objeto, como forma no transmite ninguna idea o concepto, porque en estricto sentido la forma del urinario no nace de un concepto, a diferencia del objeto arquitectónico, la pintura, la escultura o las artes tradicionales en general que implican un  “hacer”, un “construir”, la forma de la pintura, la escultura o la arquitectura son abstractas, son una invención de la mente, y por eso responden a la lógica de su construcción que justifica su existencia. En cambio el urinario no fue creado, construido ni ideado por Duchamp, él solo creo una cosa: la acción de sacarlo de su contexto, trasladarlo al museo y burlarse de las convenciones del arte. Creó la acción no el objeto. Aniquiló la noción de creador como ejecutor técnico de la forma, por primera vez en la historia del arte y la representación el objeto artístico dejó de ser una forma nueva. ¿Puede el objeto arquitectónico liberarse de la forma? ¿O tendremos que seguir inventando formas nuevas para siempre? es inútil inventar nuevas formas que parezcan indeterminadas, ingrávidas, livianas o transparentes. No pasaremos de una simple apariencia expresiva. No es posible hablar de lo aformal desde la apariencia, pero si desde la acción. A pesar del radicalismo que pudiera significar el nacimiento del movimiento moderno o la liberación que significó ante un saturado eclecticismo formal, no se pudo escapar de la creación de una forma nueva. El espacio y el habitante nos limitan, es cierto, pero eso no quiere decir que no debemos pensar en esto.

 

Actualmente nos enfrentamos a una situación mucho mas saturada que simplemente ecléctica, nos enfrentamos a la fragmentación, al agnosticismo, al vacío discursivo, a la incertidumbre del pensamiento. “De aquí que el gran gesto, el esfuerzo que se requiere del artista, del arquitecto, ya no sea el de aportar nuevos productos, nuevas creaciones que pueblen aún más un entorno saturado de objetos, todos ellos enunciativos y locuaces, sino el de poner en relación ámbitos diversos, vincular (o hacer colisionar) la ciudad física con otras esferas de significación.”[2] Hoy en día nada es forma, nada es unidad, pero aparte de las condiciones históricas, ¿de dónde viene la búsqueda por lo aformal?    

 

 

El placer de lo desconocido

 

 

Es inherente al ser humano el instinto de sobrevivencia, el instinto de aprender, de pensar, de razonar, descubrir, buscar, entender, imaginar. Desde siempre el hombre se ha asombrado ante lo desconocido, lo incomprensible, vasto, infinito e inexplicable, ante esto el arte y el pensamiento se nos presentan como formas de comprensión, como investigaciones, reflexiones sobre nuestra existencia en este mundo.

 

Lo desconocido fue, es y será siempre mas potente que lo conocido, lo comprobado, o lo que queda fuera de toda duda. Es por esto que muchas veces nos parece que a experiencia estética de la realidad es mucho más intensa que la producción artística o arquitectónica.

 

Dar forma a algo significa construir, determinar, dar límites, concretar, finalizar, estabilizar, dar presencia y permanencia a algo en el mundo de lo físico. Se podría decir que ante lo desconocido la primera acción es construir, construir una forma, una casa, una línea, un trazo, crear nos aleja de la angustia de lo desconocido. Pero crear también nos sumerge en lo incomprensible. Lo desconocido nos angustia, pero al mismo tiempo nos trae satisfacción. Queremos alejarnos de él, tenemos miedo de que nos consuma, pero para alejarnos de la incertidumbre la única opción es adentrándose en ella y descubriendo el placer de la diferencia, de la duda, de la pregunta sin respuesta, debemos adoptar una postura débil, vulnerable, hay que rendirse. Nunca encontrar y siempre buscar. Trayecto, viaje y no destino. Proceso y no resultado. 

 

El amor también es desconocido. ¿Por qué nos enamoramos? ¿Nos enamoramos de la persona o del misterio de lo que no conocemos? ¿Nos enamoramos de la persona o del sentimiento? Cuando conocemos a una persona y nos gusta, ¿por qué nos gusta? Es evidente que al enamorarnos o en el momento en que realmente nos gusta una persona estamos teniendo una experiencia estética sublime y satisfactoria en una serie de niveles distintos y complementarios (intelectual, emocional, moral, físico, etc.).

 

Ahora, hay quienes piensan que esta experiencia estética se da en gran parte por el poder de la sugestión mental, es decir, si no queremos enamorarnos y no pensamos en ello no va a pasar. Pero muchos de los casos se dan por la primera impresión, es decir por la conexión con nuestro sistema de valores que expliqué en el otro mail. Lo interesante es que el estado de enamoramiento es siempre pasajero e intenso, y es precisamente intenso porque es un misterio, no tiene explicación aparente, es nuevo, es desconocido. Y como dije antes nuestra primera reacción ante lo desconocido es tratar de comprender, conocer el misterio que encierra la otra persona, el misterio que encierra su pensamiento, su personalidad, su desnudez, su sexo. La otra persona esta in-definida, in-determinada, borrosa, difusa y esto es lo que nos atrae y nos hace adentrarnos en el placer del proceso de su conocimiento, en el proceso de su determinación, y lamentablemente mientras mas se determina, mas nos limita, menos misterio, menos placer, mas repetición, aniquilación de la duda.

 

Lo desconocido no tiene límites, lo desconocido es libertad, adentrarnos en lo desconocido nos trae placer y nos sentimos libres, sin barreras. A veces nos angustia, a veces nos hace sentir “mariposas en la guata” o la reacción nerviosa de algún intestino ante el miedo de lo desconocido.

 

Adentrarse en lo desconocido, es adentrarse en lo sin forma.

 

Misterio = placer = búsqueda = trayecto = proceso

 

 

Adiós al concepto

 

 

Siempre se nos ha enseñado a justificar nuestros actos, a validar mediante una fundamentación lógica nuestro accionar en el mundo, nos han enseñado a defender nuestros ideales, a comprometernos con nuestra ideología, pero mas que nada a comprometer nuestra ideología con algún valor en particular.

 

Existen distintos tipos de compromisos, primando entre los arquitectos el compromiso social y cultural, individual, con el progreso, con la ecología, con el espacio, con el lugar, etc. Pero lo cierto es que este es un problema de posicionamiento político, social y moral frente al proyecto[3], y más aún frente a la modernidad. En su libro Todo lo sólido se desvanece en el aire, Marshall Berman nos muestra las distintas posturas tomadas por el hombre a lo largo de la historia, dando cuenta de uno de los principales y mas complejos  problemas de la modernidad: sus contradicciones, por lo que cualquier intento  de respuesta polarizada, dogmática o cerrada cae presa de sus propios discursos retóricos. A esto se suma el hecho de la crisis de la modernidad de mediados del siglo XX y la pérdida de confianza en cualquier sistema de valores generales, autoritarios o totalizantes. La verdad científica o la realidad objetiva no existen, la realidad está a merced de la percepción particular y subjetiva que es capaz de deformarla, alterarla.

 

Si carecemos de un sistema de valores generales  en el conjunto de nuestra sociedad, no es posible enjuiciar y criticar la arquitectura o el arte desde alguna ideología colectiva. La posmodernidad se nos presenta como un periodo caótico y de crisis en el que nadie puede estar seguro de nada, en el que nuestro antiguo apoyo, lo que nos alejaba de la angustia de lo incomprensible, ha sido desplazado de su trono (Dios externo, controlador del destino) y ha pasado ha ser un comercial más en los catálogos de muestra.

 

En la escuela nos enseñan ha pensar la arquitectura en pos del 3 elementos: el espacio, el lugar y el habitante. Nos enseñan también que el proyecto nace en función de la transformación de un lugar, un proyecto que se identifique con la cultura local, que se forme a partir de la manera en que ese lugar se habita, y para esto debemos entender y analizar la particularidad de ese lugar, lo que lo hace único y especial para que así el proyecto arquitectónico sea capaz de insertarse sin dañar las estructuras existentes, bien, bien, el respeto, es una buen base para el proyecto, “quiero hacer una obra respetuosa con el lugar”. Veamos, qué mas, el compromiso, por supuesto, “quiero hacer una obra que se comprometa con la responsabilidad social del arquitecto como servidor de la ciudad”, bien, bien, excelente, perfecto, “mi arquitectura contribuirá a una buena relación con el territorio, el lugar, la ciudad y el habitante.”

 

¿Sigamos?, “mi proyecto pretende…eeh, bueno, el propósito de mi proyecto es unificar el lugar, una sutura urbana, jaja, perdón, ahora sí, el objetivo de mi proyecto es mejorar la calidad de vida de las personas, jajeje, no, no, no, es darles un  espacio público digno, jujaje.” No. Que extraño. ¿Han pensado por qué las propuestas arquitectónicas tratan de convencernos tan desesperadamente? Una y otra vez, una y otra vez nos vemos obligados a justificar nuestra obra en algún discurso, ¿discurso sobre qué? sobre espacio, lugar y habitante.

 

Me gustaría saber por qué las propuestas arquitectónicas me suenan a mentira y me gustaría saber si a alguien mas le suena pintoresco, heroico y demagógico. ¿Somos realmente los salvadores de la ciudad y sus habitantes? ¿Nos creemos tan poderosos y arrogantes como para decir que cambiaremos la forma de vivir de las personas?

 

El discurso demagógico abunda en la boca de todo arquitecto que enfoque sus propuestas desde una visión polarizada de la modernidad, es decir, o apoya la modernidad (progresistas, movimiento moderno, tecnócratas), apoya a la tradición (academicismo disciplinario, conservadores, etc.), reacciona en contra de los dos (responsabilidad social, cultural e histórica, pacifismo, ecologismo) o finalmente carece de cualquier sentido de crítica, manteniéndose en un estado de pasividad (posmodernismo, high-tech, economistas).

 

“En el capitalismo hay una intrínseca necesidad de recubrir la realidad de las cosas con discursos, llenos trampas, añagazas, manipulaciones que ocultan la verdadera perversidad de los procesos de construcción de la ciudad.”[4] Y es por esto mismo que los discursos de los demás y los de nosotros mismos nos suenan vacíos, retóricos, demagógicos. Por muy profundo y teórico que sea nuestro discurso, nuestra propuesta sobre el espacio, el lugar o la forma, si nuestra idea está comprometida con alguna visión polarizada de la modernidad caeremos en un  discurso utópico no muy lejano a aquél de las propuestas inmobiliarias, donde el objetivo es regido por la ley de la oferta y la demanda o donde lo que ofrecen mediante marketing está muy alejado de lo que verdaderamente es. “Los mensajes de funcionalidad, servicio público, honestidad, racionalidad y lógica constructiva son un engaño; las palabras de la arquitectura son fruto de una retórica falaz; prometen lo que no dan, proponen utopías, modelos de vida que son imposibles; la arquitectura ahora es cómplice de las fuerzas mitificadoras de la sociedad.”[5]

 

¿Pero cómo escapar al vacío discursivo? ¿De que hablaremos sino es de espacio, luz, función, lugar, etc.? Según Isidro Suárez este discurso es aquél otro lenguaje de la arquitectura, es un lenguaje-traducción, un lenguaje operativo que fija la intención del proyecto, es el lenguaje del proceso y como cualquier otro lenguaje requiere de un código para su formalización. Esto es de suma importancia ya que este lenguaje-traducción que vemos en láminas conceptuales y croqueras son los instrumentos que posee el arquitecto para dar forma al proyecto, sin este lenguaje, el proyecto se convierte en una aplicación axiomática de modelos constructivos preestablecidos, reduciendo la capacidad reflexiva del arquitecto a soluciones técnicas que no sobrepasan el ámbito de lo “práctico y elegante”.

 

Como vemos, y aunque no nos demos cuenta a simple vista, los instrumentos de formalización (como cualquier otro lenguaje) poseen una enorme capacidad expresiva, por lo que es inevitable que expresemos parte de nuestro sistema valórico en la manera en que formalizamos el proyecto o en el tipo de expresión que utilicemos al proyectar.

 

Al igual que Duchamp y su acción-crítica (la negación del objeto artístico como la finalidad del arte) manifestaron en algún momento su placer por esa emoción  inasible que se esconde tras la experiencia estética, esa conexión entre lo que está en nuestra mente y lo que estamos percibiendo, ese placer intelectual, moral y sensible, la arquitectura debe evidenciar el arte de la acción, del acontecimiento, del proceso creativo. No tiene sentido justificar la forma en conceptos inalcanzables, la forma no se justifica, sólo surge, aparece como resultado de la potencia crítica de la acción. Los ideales del proyecto como un servicio a la sociedad y la ciudad que movían  y justificaban la producción arquitectónica han desaparecido y, paradójicamente, hemos sido nosotros mismos, las personas para las que supuestamente existe la arquitectura, las que hemos echado abajo estos optimistas ideales.

 

Sólo cuando aceptemos que nos encontramos parados en el vacío, que estamos de-solados, que no tenemos piso, base, fundamento en cual  apoyarnos, en el cual justificar nuestra existencia, solo entonces podremos entregarnos al placer de lo desconocido, no estamos seguros de nada y no queremos estarlo.

 

 

“If you want to follow architectures’s first rule, break it.”  (Bernard Tschumi, 1977)

 

 

 

 

Bibliografía

 

 

A.A.V.V. Diccionario Metápolis Arquitectura Avanzada. Ed. Actar, Barcelona, 2000.

 

Berman, Marshall. Todo lo sólido se desvanece en el aire. La experiencia de la modernidad. Siglo XXI Editores, 1988.

 

Costa, Xavier. El arquitecto como etnógrafo. En Barcelona Metápolis. Met 1.0. Ed. Actar, Barcelona, 1998.

 

De Solà-Morales, Ignasi. Diferencias. Topografía de la Arquitectura contemporánea. Ed. Gustavo Gilli, Barcelona, 2003.

 

De Solà-Morales, Ignasi. Territorios. Ed. Gustavo Gilli, Barcelona, 2002.

 

Echeto, Roberto. Memoria fugaz del arte conceptual venezolano. www.cayomecenas.com/mecenas1262.htm

 

Ocampo, Pablo. Periferia. La heterotopía del no-lugar. Ediciones A+C, Santiago, 2002.

 

Perrault, Dominique. With. Dominique Perrault Arquitecto. Ed. Actar, Barcelona, 1998.

 

Raposo, Alfonso. Aproximación a los discursos de la teoría arquitectónica de fin de siglo. DU&P revista de diseño urbano y paisaje, Santiago, 2003.

 

Raposo, Alfonso. Cartografía temática arquitectural. Notas sobre investigación en arquitectura. DU&P revista de diseño urbano y paisaje, Santiago, 2002.

 

Raposo, Alfonso. Regiones temáticas de la disciplina arquitectónica. Enunciado del proyecto. DU&P revista de diseño urbano y paisaje, Santiago,  2001.

 

Soriano, Federico; Palacios, Dolores. Es pequeño, lluve dentro y hay hormigas. Ed. Actar, Barcelona, 2001.

 

Suárez, Isidro. El programa arquitectural como entelequia del proyecto. Cuadernos de Arquitectura.

 

Suárez, Isidro. Mathema y Arquitectura. Dialéctica del hombre-libre. Santiago, 1983.



[1] De Solà-Morales, Ignasi. Diferencias. Topografía de la Arquitectura contemporánea. Ed. Gustavo Gilli, Barcelona, 2003.

[2] Costa, Xavier. El arquitecto como etnógrafo. En Barcelona Metápolis. Met 1.0. Ed. Actar, Barcelona, 1998.

 

[3] Raposo, Alfonso. Cartografía temática arquitectural. Notas sobre investigación en arquitectura. DU&P revista de diseño urbano y paisaje, 2002.

 

[4] De Solà-Morales, Ignasi. Diferencias. Topografía de la Arquitectura contemporánea. Ed. Gustavo Gilli, Barcelona, 2003.

[5] De Solà-Morales, Ignasi. Diferencias. Topografía de la Arquitectura contemporánea. Ed. Gustavo Gilli, Barcelona, 2003.